‘Quemar después de leer’: tiene sentido, sí señor
La película número 13 en la filmografía de los Coen, Joel y Ethan, si exceptuamos participaciones grupales tipo Paris Je T’Aime, nos acerca de nuevo a su particular universo de perdedores e inútiles en situaciones estúpidas, en lo que inicialmente podríamos considerar una comedia dada la sinopsis, o incluso el tráiler, pero que tras su visionado no queda tan claro.
Quemar después de leer nos introduce en un microuniverso coral que se ve revolucionado, sacudido e incluso destruido en algún caso, cuando Osbourne Cox, un agente de la C.I.A. algo borrachuzo, es degradado, tras lo cual, él, orgulloso, decidirá despedirse. Las sospechas de su esposa, los líos de un cuarentón en crisis y las ansias de cambio y aventura de dos monitores de gimnasio bastante peculiares, por no decir simplones, convertirán la pérdida de un CD con información sobre Cox en un asunto de estado. O no, vete tú a saber.
La génesis de la película, contada por los propios Coen, surge del reparto. Una vez reunidos un grupo tan potente como el que configuran Pitt, McDormand, Swinton, Malkovich y Clooney, fue cuando pusieron a funcionar sus soberbios engranajes mentales para justificar hora y media de metraje. Como consecuencia de esto, la película parte de una premisa muy básica, provista por el McGuffin de la historia, el CD, para después de unas caracterizaciones tremendamente básicas pero efectivas, algo consecuente con la maestría de los cineastas, dejarlos moverse por el escenario desplegado.
Estamos ante una película de personajes de director, no ya de personajes o de director, sino de mezcla de ambas. Sólo una mente conjunta como la de los hermanos Coen sería capaz de hablar sobre la estupidez y la soledad con la lucidez que demuestran, desde la sencillez del discurso y la ligereza del tono como premisa.
Es, sí, una película menor en su filmografía. No es algo que asuste, como No es país para viejos, tampoco que estremezca como Fargo o alucine como El Gran Lebowski, pero es una cinta consecuente y consecutiva, que consigue lo que se propone, remarcando el absurdo de lo humano, y asumiendo el humor como contrapunto a la idiotez más ácida, manejada en todo momento, eso sí, con mano de hierro. En ningún momento el invento se escapa a sus inventores.
Los actores, con esta base, lo que hacen es divertirse, manejados delicadamente entre el histrionismo formal en el que sus personajes podían caer con facilidad, como el estúpido personaje de McDormand, o el otro extremo con la zorra fría de Swinton. El tono es tan ajustado en cada de uno de sus giros, sea Pitt esperando en un coche escuchando su Ipod a Clooney descubriendo la sorpresa en su armario, que es genuinamente Coen.
La música, del habitual Carter Burwell, señala sin abusar de la miseria humana de los protagonistas, enfatizando lo erróneo de sus decisiones, acompañando la miseria de sus consecuencias. Y la fotografía, por primera vez desde Muerte entre las Flores no firmada por el genial y habitual Roger Deakins por problemas de agenda, se ampara en la mano maestra de otro de los monstruos del oficio, el brutal Emmanuel Lubezki.
Una película menor, que no pequeña, graciosa pero no de risa, con espías pero no de espionaje, que entronca en un filmografía muy particular, y que nos habla del ser humano, quizás no ti o de mi, pero de seguro que de alguien que tienes muy cerca. Porque aunque exageren y muchas veces no tenga sentido, el ser humano es netamente así.
PUNTUACIÓN: 7 / 10
LO MEJOR: Los personajes, cómo están caracterizados, puesto que ellos son la película.
LO PEOR: Que la sutil mezcla de géneros maree, al no saber muy bien qué estamos viendo en ciertos momentos.
EL MOMENTO: Dos, la silla de Clooney y Pitt en el armario. Brutales.


