Nikita Mikhalkov: un director ‘comprometido’

Resulta que el director ruso Mikhalkov estrena estos días en Europa (también en España, claro) su última película, que fue abucheada contundentemente por el público del Festival de Venecia, al que acudió el año pasado nada menos que dentro de la sección oficial a concurso (menos mal que el ese festival se llama Mostra Internazionale d’Arte Cinematografica…).
Yo, personalmente, no suelo quedarme solamente con lo que se quedan esos cronistas que se conforman con cualquier cosa. Hay productos, o subproductos, que me ofenden, sobre todo si los dirije cierto tipo de gente. 12, que es el título de la película, es un ‘remake’ de aquella obra maestra conmocionadora que dirigiera en 1957 Sidney Lumet: 12 angry men. Una de esas operaciones de marketing disfrazadas de cine, que a un crítico avezado no puede darle gato por liebre, porque es imposible, porque su rastrera condición lo impide de raíz.
Un tipo como éste, que proclama a los cuatro vientos su amistad con uno de los políticos más nefastos de la historia de su país y del mundo entero, el inefable Vladimir Putin, no merece ser considerado un artista. Pero va por ahí con su grandioso ego, afirmado sin complejos (porque los tipos como él no tienen) que Putin le ha devuelto la dignidad a su país (cuando magníficos documentales como El caso Litvinenko, dirigido con ilimitado coraje por el gran Adrei Nekrasov, dejan claro, por si no lo teníamos todos ya, el tremendo desastre que es Rusia).
No es que en España no haya casos semejantes, pero desde luego pocos parecidos. Además, está respetado por muchos, ha conseguido el Oscar a la mejor película extranjera (por la infumable, tediosa y absurda Quemado por el sol), le llaman para festivales de todo el mundo, y hay ciertos sectores que le consideran un honesto narrador de la realidad rusa.
Seguramente no sean capaces de advertir la nauseabunda adscripción de éste 12 al belicismo más encubierto, del grandilocuente y vacío y mentiroso El barbero de Siberia, que incide en una idea arcaica, ultra-conservadora de ese gran y desgraciado país. Con toda probabilidad no sean conscientes de que en todos sus filmes subyace una defensa enconada y abyecta de las diferencias sociales de riqueza y de posición.
Pero ya estéticamente, porque el cine es arte, y el arte es estética (y en la estética no existe lo moral, aunque puede condicionar su resultado…), éste hombre es el paradigma de director mediocre inflado de presunción. Intenta siempre parecer muy poético y social, y así descubre sus grandiosas limitaciones, su incapacidad, sus ideas reaccionarias.
Pero de poco sirven éstas palabras. Éste hombre seguirá haciendo películas hasta que se muera (por suerte ya es mayor, y no seguirá dando la vara mucho tiempo), y los fans suyos que me lean no otorgarán importancia a mis reflexiones. ¿Quién sabe? Quizá sus compatriotas se den cuenta algún día de que el peor embajador cultural que tienen es Nikita Mikhalkov.


