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Billy Wilder (15)

Hace años me dí cuenta de que hay que ser genial para conseguir algo mediocre. Imaginaros lo que hace falta para conseguir algo genial.

En el caso de uno de los más importantes directores de la historia del cine norteamericano (por ingenio, cultura, carácter, combatividad), el ínclito Billy Wilder, pues tenemos una carrera larga y bastante regular, que en el tercio final comenzó a encontrar dificultades para ser comprendida, para ser apreciada como debía. A principios de 1958, hace ahora medio siglo, a Wilder aún le quedaban algunos años para pasarlo mal.

Era el año de Witness for the prosecution.

Entre las muchas películas del subgénero llamado judicial, podemos citar muchos éxitos comerciales, pues es una fórmula que, si el director conoce los resortes del drama y el suspense, da mucho de sí. La imprescindible, la más famosa, la más impresionante, podría ser 12 angry men (titulada en España 12 hombres sin piedad), de Sidney Lumet, estrenada pocos meses antes que la de Wilder.

También tenemos la maravillosa y muy elogiada To kill a Mockingbird, dirigida en 1962 por el siempre olvidado Robert Mulligan, en una clave mucho más melodramática, pero no menos potente. El trío de oro podría completarlo la obra maestra de Wilder que es la razón de éste artículo.

Relato insuperable

Sólo 5 ó 6 veces en toda su vida, Wilder toco el techo de los maestros. Con esta intriga, coescrita con Harry Kurnitz, adaptaba una pieza teatral de Agatha Christie de gran éxito, llevándola de forma asombrosa a su propio terreno.

Wilder cumplió su sueño trabajando por fin con Charles Laughton (a quien quiso para el papel que Lou Jacobi interpretaría en Irma, la dulce, pero no pudo ser), un actor que se revela como irremisiblemente wilderiano en sus formas, su carácter, su construcción del flemático y arrollador letrado Sir Wilfrid. Repitiendo con Marlene Dietrich (en uno de sus mejores papeles, el año que también logró una notable creación en la inolvidable Touch of evil…de Wilder a Welles, impresionante), y contando con un decadente pero efectivo Tyrone Power que moriría pocos meses después.

6 nominaciones a los (aún entonces prestigiosos…) premios Oscar, de las que no materializó ninguno. Y un gran éxito de taquilla. El director austríaco había llegado a la cima de su carrera.

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