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‘A beautiful mind’: Vergonzoso espectáculo

Películas como esta le han quitado el crédito a los Oscar

Porque en estos momentos no se me ocurre una película peor que haya ganado el Oscar a la mejor película en toda su historia. Uno de esos melodramas incrustados en la más rancia tradición yanqui, esa que intenta ser ‘la gran historia americana’, pero que al estrenarse en Berlín, pocas semanas antes de su Oscar, recibió no pocos abucheos.

John Forbes Nash, célebre por sus aportes a la Teoría de Juegos, ha tenido una vida (aún colea, con 80 años a punto de cumplirse) bastante difícil, con momentos muy dramáticos que le hicieron experimentar una pesadilla de la que salió con gran esfuerzo de voluntad. Pero no es ningún angelito, es una personalidad con grandes oscuridades. Se rumorea que es homosexual, pero se casó con una alumna suya, de la que se divorció en dos ocasiones y que aguanto lo indecible.

Cuando se le confirmó su esquizofrenia, Nash fue internado y lo perdió todo. Muchos años después pudo rehacer su vida.

Sin duda, tan esquivo personaje representa una interesante oportunidad para construir una película. Ahora bien, para emprender ese esfuerzo hacía falta mucha más coherencia artística, integridad profesional y valentía de la que demostraron el director Ron Howard, el guionista Akiva Goldsman y el intérprete Russell Crowe.

Es probable que el Oscar a la mejor intérprete en papel secundario fuera a parar a manos de una de las más hermosas y talentosas actrices de la actualidad, Jennifer Connelly, por ser lo único realmente destacable de un conjunto tan pobre, y lo que es peor, tan vergonzoso. Porque vergonzoso resulta este espectáculo denigrante que convierte a la esquizofrenia y sus padecimientos en un thriller (primero) y un melo repugnante (después), que engaña al espectador con trucos que convierten a Riefenstahl en una manipuladora del montón.

En plan historia de sentimientos, historia supuestamente culta (con ese ambiente universitario de diseño), A beautiful mind desperdicia más de una hora contando la vida de un angelito interpretado por Crowe que al parecer (siempre en el primer visionado, claro) vive una siniestra aventura de espionaje a causa de sus dotes para las matemáticas. Al mismo tiempo conoce a una bellísima alumna de la que se enamora. Pero todo es mentira, porque como está contado con el punto de vista del personaje principal, que sufre una esquizofrenia terrible, pues descubrimos (ahora el comentarista sañudo me dirá que él ya lo sabía y que soy un gañán…) que no es más que su imaginación…

El punto de vista, narrar en base a él como si la cámara mirase lo que mira el actor, es uno de los más importantes logros estéticos del cine, y la base de la identificación del director y del espectador con la historia. Su empleo, que se ha ido desarrollando, es clave para adjudicar a una película altura y emoción. Pero también es una herramienta que un director sin moral, como diría Godard, puede convertir en abyecta. Pocas veces hemos asistido a un insulto moral como este.

De la parte que cité más arriba en negrita, con Nash superando su terrible dolencia, apenas hay varios minutos hacia el tercio final. Luego una nueva caída en facilonas claves de cine negro, y luego una larga elipsis que narra, como si fuera un videoclip, la madurez y la ancianidad de Nash hasta su premio Nobel.

De este modo nos niegan, nos borran, lo verdaderamente terrible, interesante y difícil de su vida. En el momento en que Nash tiene que renunciar a su oficio, medicado, y no puede hacer ni el amor con su mujer, en esos terribles momentos…¡es cuando comienza la verdadera película! El resto no es más que un melo sobre lo bonito del amor que nos engaña y nos toma a todos por tontos.

Durante unos diez minutos es otra película: poco comercial sin duda, pero verdadera. Más gris y más real imposible. Era demasiado para una película que aspiraba a deleitar a las masas y arrasar en la academia, que es la verdadera razón por la que esta gente se metió en el proyecto. Antes y después un rosario de tragedias físicas y mentales, servidas sin elegancia y sin mesura ninguna, que deberían enfurecer a cualquier enfermo de esquizofrenia o alguno que tenga a un enfermo cerca, porque la razón de mostrar sus efectos y tratamientos es conmocionar y manipular al espectador de la forma más rastrera posible.

Un engañabobos que supera incluso a Mar Adentro.

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